sábado, 18 de julio de 2015

ENMASCARADO (XVI). CAP. 4: MAGDALENA Y EL SEÑOR BUENDÍA






III


   Era inevitable. Cada vez que llegaban a esa parte de su trabajo y salían a la calle causaban expectación, claro que, en eso consistía precisamente parte del mismo, en captar la atención de la gente, en que les mirasen, en que la gente se riese, les señalase y que posteriormente se dieran cuenta de que seguían a una persona en concreto para así provocar la indignación del susodicho, la indignación del moroso al que seguirían casi día y noche, al que esperarían en la puerta de su domicilio, en la salida de su trabajo, incluso –y aunque el código ético de la empresa dijese lo contrario– hasta cuando saliesen a divertirse con otras personas. 

   Al principio, tanto a Nico como al resto de los agentes –al menos a la mayoría– les costaba asumirlo, pero como todo en la vida, después de unas cuantas actuaciones acababan por acostumbrarse. La primera vez –porque no es lo mismo saber que tienes que hacer algo un tanto vergonzoso que hacerlo finalmente– estuvo por mandarlo todo a la mierda. Recordó haber cogido el teléfono varias veces para llamar a Don Anselmo y decirle que renunciaba, que sentía mucho fallarle pero que no era lo suyo; pero tantas veces como lo cogió, tantas veces lo tiró a la cama sin que esa llamada se produjese. En más de una ocasión se dijo a sí mismo –Nico, tú te has visto, Nico, dónde está el empresario de éxito de hace apenas unos meses, Nico, a dónde coño diriges tu vida–. Aquella primera vez tardó cerca de tres horas en vestirse y maquillarse, para desesperación de Magdalena, que siempre asumía el reto de ayudar a los nuevos en ese momento de tantas dudas, sin embargo ese mismo día, sólo unas cuantas veces después de aquel primero, en apenas media hora estuvo listo.

   Detenido en los semáforos procuraba no mirar a los lados, pero no siempre podía evitarlo, y entonces ocurría lo mismo, siempre encontraba las mismas caras, la de sorpresa o la sonriente. No era para menos, un tío vestido con un traje amarillo, la cara pintada de verde y los labios bien rojos, en un coche amarillo que lleva pintado en el capot y en las puertas un tío con traje amarillo, sombrero amarillo con una pluma, la cara verde y los labios bien rojos con una lengua kilométrica, no podía por menos que causar sorpresa o provocar una sonrisa, por no decir una carcajada. Después era cuando leían el nombre de la empresa “La Máscara, cobro de morosos, S.A.” y se decían –¡ah, la Máscara, como la peli de Jim Carrey!

....................

   Llegó a la vivienda de Miguel Buendía bien pronto, por lo que no cabía la posibilidad de que hubiese salido, más cuando tenía comprobado que su nuevo amigo no era precisamente madrugador; supuso que eso era inherente a su trabajo nocturno –o como le decía Arturo cuando le veía mala cara por haber estado de fiesta, daños colaterales–. Aparcó justo en frente de su puerta, pero no salió del coche hasta un buen rato después. No tenía ninguna prisa, o sea que no se le ocurrió ninguna cosa mejor que esperar escuchando a su admirado Frank Sinatatra –bueno, escuchando y cantando–. Un buen rato después decidió estirar las piernas y salir del coche. Se quedó apoyado con la ventana abierta para poder seguir disfrutando de la música, entonces fue cuando recibió la primera visita. Rápida, e inexplicablemente, intuyó por sus ladridos que La Voz no era de su agrado. Por su cara de extrañeza, Nico parecía pensar que nunca se hubiese imaginado que a un mastín no le pudiese gustar Sinatra. Supuso que el muy animal pensaría que un tipo tan duro como él como mínimo tenía que escuchar ACDC o Escorbuto. El caso es que los ladridos provocaron que se asomase una vecina y que apareciera la preciosa chica de servicio que días antes le había atendido en la puerta –mientras, en el reproductor de cedés del vehículo, con unos tranquilos compases de bossa nova, sonaban aquellos versos de la Chica de Ipanema que decían… 


¨Tall and tan
and young and lovely,
the girl from Ipanema
goes walking;
and when she passes,
each one she passes goes –ahhh– […] [1]


   La chica se le quedó mirando mientras tranquilizaba al perro acariciándole en el lomo y la espalda. Evidentemente no le reconoció vestido de aquella estrafalaria forma –aunque supuso que el hecho de llevar pintada la cara de verde tendría algo que ver–. Tras unos segundos muy, muy largos y, viendo que el tipo raro la miraba pero no decía nada se dio la vuelta animando al mastín –de nombre Colt– a que la siguiese. Al darse la vuelta pudo volver a comprobar cómo meneaba sutilmente sus hermosas caderas no pudiendo por menos que entonar muy suavemente –como si fuera el mismísimo Tom Jobim– los compases que seguían sonando de aquella canción…


[…] Olha que coisa mais linda, mais cheia de graça;
é ela, menina que vem e que passa,
num doce balanço a camino do mar…
Moça do corpo dourado do sol de Ipanema,
o seu balançado é mais que um poema;
é a coisa mais linda que eu já vi pasar […] [2]




   Pasaron poco más de de diez minutos hasta que el señor Buendía tuvo el placer, o no, de hacer acto de presencia. Unos metros antes de llegar a la puerta pudo comprobar por su forma de gesticular que venía bastante cabreado, probablemente incrédulo, después que la chica de Ipanema –como a partir de aquel momento decidió llamar a la guapa criada– le dijese que un tipo con la cara verde y un traje amarillo chillón estaba enfrente de la puerta sin moverse. Buendía pudo comprobar que no le habían mentido. Se le quedó mirando durante casi medio minuto hasta que por fin dijo:

   –¡No juegues conmigo, no sabes quién soy yo! 
   –Creo que se equivoca –dijo Nico muy tranquilo– es usted el que no sabe quién soy yo. Si lo supiese, sabría que cuando trabajo, lo hago muy bien, y por tanto sé perfectísimamente quién es usted. Usted es don Miguel Buendía, la persona que tiene una deuda con los señores Echevarría por valor de catorce mil ciento dieciocho euros con sesenta y cuatro céntimos. Cuando quiera resolver este asunto, llámeme al número que aparece en la tarjeta que el otro día le dejé sobre la mesa. Mientras tanto, esto es lo que hay…

   Miguel Buendía, desde detrás de la puerta metálica, hizo el gesto de levantar la mano apuntándole con el dedo con la intención de decir algo más, sin embargo desistió, se dio la vuelta y volvió hacia la casa. El fiel Colt –que había sido testigo de la conversación– le siguió sin siquiera decir un ladrido más alto que otro. Nico mantuvo la mirada fija en la retirada, aunque la vista no era tan agradable como un ratito antes. Se quedó unos cuantos minutos más, comprobando que la vecina que supuestamente estaba tendiendo la ropa y que había ladrado menos que Colt, había estado bien atenta a todo lo que allí había pasado y seguía haciéndolo. De eso se trataba, de que pudiera chismorrear después. Consideró que por ese día había sido suficiente, al día siguiente habría más.

continuará...





[1] Alta y morena, joven y hermosa, la chica de Ipanema va caminando; y cuando ella pasa, cada uno que pasa hace -ah- […] “The girl from Ipanema”. Frank Sinatra con Tom Jobim
[2] […] Mira que cosa más linda, más llena de gracia, es ella, chica que viene y que pasa, con un suave balanceo camino del mar; moza de cuerpo dorado por el sol de Ipanema, su balanceo es más que un poema; es la cosa más linda que yo vi pasar[…] “The girl of Ipanema”. Frank Sinatra con Tom Jobim

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